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Il milagro Pixar en Venecia

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logo-cinema-ve-2009Venecia 2009: en los periódicos se ha hablado mucho de Baarìa, la película de Tornatore, se ha retomado por enésima vez la eterna cuestión de la “crisis” del cine italiano, que no ha recibido ningún premio importante a pesar de la nutrida presencia al festival, se ha hablado de George Clooney y de la Canalis, de las protestas contra los recortes del Fus, del 68 y de Berlusconi. Todo previsible, todo como de guión. Pero la verdadera novedad, la verdadera obra maestra, sí que ha existido y un verdadero acontecimiento se ha producido: la obra maestra se llama Up y el acontecimiento ha sido la presencia de cinco hombres de oro, que juntos - solo por dar algún elemento “tangible” - forman la bonita cifra de una decena de billones de dólares recaudados en las salas en los últimos doce años (que se debe multiplicar al menos por tres o cuatro si se suman dvd, merchandising y derechos televisivos), los cinco genios que están a la base de películas poéticas y divertidas, simples y profundas, que gustan a niños y adultos, muy nuevas y muy clásicas al mismo tiempo: Toy Story, Toy Story 2, A Bug’s Life, Monsters & Co., En busca de Nemo, Los increíbles, Cars, Ratatouille y Wall-E. Estamos hablando de los cinco “chicos” de Pixar, la sociedad que nació hace veinte años como empresa productora de software y ha descubierto un alma poética y narrativa, que la ha conducido en pocos años a superar todas las barreras de mercado y todos los récord. Estos cinco jóvenes están a la cabeza de una empresa que se ha fundido con la Disney y su jefe, John Lasseter es ahora el jefe de Disney Animation, que despacha directamente con el CEO de toda la Disney Company, Bob Iger. Una bonita revancha para uno que fue despedido de la Disney sin demasiadas felicitaciones a principios de los años 80… y que ahora - con 52 años, casado una sola vez y con cinco hijos, con el aire de eterno simpaticón que se quiere divertir y que se siente ciertamente más cómodo con la camisa hawaiana y los pantalones cortos antes que con el esmoquin que ha vestido diligentemente para recibir el León de oro a la carrera - no sólo se sienta sobre una montaña de dinero, sino que además parece divertirse muchísimo al seguir construyendo los cuentos que hechizan las plateas de todo el planeta.
Con él estaban presentes Andrew Stanton (Nemo y Wall-e), Brad Bird (Los increíbles y Ratatouille), Pete Docter (Monsters & Co. y Up) y Lee Unkrich (co-director de Toy Story 2 y director del próximo Toy Story 3).
Los cinco de Pixar, un día después de haber recibido el León de oro a la carrera han tenido - por primera vez en su historia- una lección (30 minutos para cada uno, respetados con grande precisión y preparados con notable profesionalidad) sobre su modo de hacer cine.
Una lección para aprenderse de memoria, de la primera palabra a la última, porque Pixar tiene una historia increíble y parece el fruto de una serie de milagros, la realización de los sueños de todo cineasta. Ante todo es una compañía film-makers driven, dirigida por artistas: quien conoce la historia de Hollywood sabe que una de las grandes constantes de este mundo complejo y competitivo es el eterno conflicto entre los creativos, los talents (guionistas, actores y directores) de una parte y los hombres de marketing y hacienda, los executives de la otra. Sabe que el sueño de todos los grandes directores, los grandes hombres de cine ha sido construir sociedades que fuesen dirigidas por talents, en las que las exigencias artísticas y no la avidez económica, los fríos números, la búsqueda del cliché que parece garantizar una segura entrada de taquilla, estuviese en primer lugar; sabe que bien pocos –y a menudo esos pocos solo por pocos años- lo han conseguido: Frank Capra durante algunos años con su Liberty Films, Steven Spielberg con Amblin y luego la Dreamworks (pero que ha estado muchas veces al borde de la quiebra y hoy tiene que recurrir a financiaciones en la India para poder seguir adelante)… Pixar es una sociedad en la que mandan los creativos, y sin embargo es una sociedad enormemente provechosa. Es una empresa en la que las exigencias artísticas están en primer lugar (quality is the business plan es la palabra de orden de Lasseter) y este cuidado extraordinario, este amor por las historias desarrolladas y pensadas hasta en los más mínimos detalles, por una realización gráfica y audiovisual siempre original y sorprendente, esta independencia mental y este sustraerse a los lugares comunes del politically correct dominante, está en la base misma de su enorme éxito. Cuándo Lasseter y los suyos iniciaron a hacer animación, las reglas de las películas Disney parecían inmutables: las canciones, el antagonista malvado, el momento en que el protagonista declara su sueño (el want moment), la historia de amor, la pequeña comunidad feliz… Con Toy Story Pixar dijo no a todas estas reglas de un solo golpe. Y desde entonces inició una historia de realizaciones e innovaciones antes consideradas “imposibles”, pero siempre de enorme éxito.
Como la de tener por protagonista de un dibujo animado a un viejo jubilado, ácido y un poco gruñón: es el caso de Up, los dibujos que en Italia se estrenaron en las salas el 15 de octubre y que ha sido presentado en Venecia.

Up

Up es otro episodio de la historia de diversión y poesía de Pixar, y en particular de Pete Docter, muchacho larguirucho con aire bonachón que no teme declarar que se ha inspirado, en parte, en su abuelo, así como Stanton había incluido algunos aspectos de la relación con su propio hijito al pensar en la primera idea de Nemo.
Una vez más el estreno americano de la película llegaba acompañado de una cierta perplejidad: ¿cómo podrán ir bien unos dibujos animados que tienen como protagonistas a un viejecito gruñón y un boy scout regordito y sabelotodo? Ver para creer. Up derriba, una vez más, muchos esquemas (el del “sueño americano”, por ejemplo) y tiene momentos de extraordinaria poesía. Uno sobre todo, esos cuatro-cinco minutos que en la primera parte de la película resumen la historia de Carl Fredricksen desde cuando, muchachito, conoce a la simpática vecina de casa Ellie, a cuando se casan, se percatan que no pueden tener hijos, envejecen dulcemente juntos hasta la ancianidad de ambos y la muerte de ella justo cuando estaban a punto de iniciar su viaje por Sudamérica como habían soñado desde siempre. Una secuencia dulce y conmovedora, que ha arrancado aplausos en el estreno ante el público veneciano, generalmente acostumbrado a recibir otro tipo de impacto.
La historia es, como siempre, divertida, llena de bromas y de sorpresas, pero esta vez es justo el toque de poesía lo que deja con la boca abierta. Tiene invenciones visuales que recuerdan Magritte, pero todo está pensado no en buscar una abstracta perfección visual, sino para hacer llegar los significados y las emociones de la historia. Docter en su parte de lección ha explicado cómo todos los objetos han sido pensados para transmitir los significados de la película: la casa de Carl, que desprenderá el vuelo remolcada por centenares de globos, tiene las características íntimas y “pequeñas” de una casa de muñecas, porque debe transmitir intimidad, afecto, dulzura. Todos los objetos que conciernen a Carl tienen líneas cuadriculadas y rígidas, porque tienen que dar la sensación de que está encerrado en sí mismo, mientras los que conciernen a Ellie (su sillón ya vacío, su retrato en la pared de la casa) tienen líneas curvas, son blandas, dulces como ella.
La casa emprenderá el vuelo y llevará a Carl y el imprevisto boy scout en un aventurero viaje en América del Sur, a las Cascadas del Paráiso tan soñadas… Pero en el viaje el “sueño” del una vez pequeño explorador ahora anciano, y también su apego a la casa y a las memorias de la mujer sufrirán una dura prueba, que lo llevará a abrirse nuevamente a los demás, a amar de un modo nuevo y romper los lazos que le ataban al pasado. Y aquí una vez más Pixar logra hacer (cosa de la cual Lasseter & Co. no se jactan nunca, diciendo sin embargo que su objetivo es sencillamente el de entretener) una película muy profunda, que no tiene miedo de contar que, a pesar del fracaso de los sueños de niño del protagonista, y de tantos otros legítimos deseos suyos, es posible regresar a una vida mejor a través de la generosidad y la bondad. Una vez más (pensemos en Los increíbles, que no ha tenido miedo de relatar, cosa muy rara, un modelo absolutamente “normal” de familia) Pixar supera con un solo golpe el politically correct de tanto cine de éxito por una parte y las amarguras y el cinismo del cine de autor por otra, que quizá critica los modelos dominantes, pero sin dar soluciones.
Up ha merecido sobradamente los centenares de millones de dólares que ha ganado en todo el mundo y estamos seguros que - como generalmente sucede con las comedias y a veces también con los dibujos animados - si hoy será considerado sólo un producto de éxito, dentro de alguna década nos daremos cuenta de su profundidad, de toda su belleza y tendrá un puesto en las historias del cine.

Los secretos de los hombres de oro

¿Pero como hace Pixar para conseguir tantos éxitos, uno tras otro? Uno de los elementos centrales de su “fórmula mágica” parece ser, por declaraciones suyas y por reconocimiento explícito de quien ha trabajado con ellos, la capacidad de trabajar en equipo en una modalidad que no paraliza la creatividad intelectual, sino que ayuda a poner las propias ideas al servicio de todos y de la obra que se tiene que realizar. Creo que Pixar es un caso extraordinariamente interesante también en el ámbito de la organización del trabajo, más extraordinario aún porque tiene que ver con el trabajo creativo, que parece rechazar el ser organizado por definición.
Si se ven las primeras películas de Pixar, sus personajes y también los guiones están firmados por cuatro o cinco personas, y a veces hay autores acreditados como “additional story material”, llegando hasta quince o más nombres diferentes. A estas alturas se ha establecido una modalidad de trabajo por la cual cada uno de los autores principales, cada tres-cuatro meses, tiene que ilustrar el progreso de lo que está haciendo a todos los demás, recibiendo sugerencias y críticas. Y con cierta frecuencia se organizan encuentros de verificación también con personas externas a la empresa: para comprobar sus reacciones a las ideas que se presentan y para recibir críticas, propuestas, sugerencias. Y la regla está clara: se escoge la idea mejor, no importa de quién provenga. En su lección en Venecia, Lasseter ha recordado que han iniciado a realizar películas tratando de hacer las que les habría gustado ver ante todo a ellos. “Todos tenemos hijos, todos vamos al cine y queríamos hacer el tipo de película que cada uno de nosotros espera ver”.
Todos han coincidido en subrayar la importancia absolutamente fundamental de tener una buena historia. Para Lasseter todo se reduce a “telling a great story”, narrar una gran historia. Todo el resto está al servicio de esta dimensión central. Por esto Pixar dedica muchísimo tiempo y atención y energías al desarrollo de las historias, buscando un tipo de colaboración honesta y desinteresada de todos (somos un “collective brain trust”) para poner a punto mundos de fantasía que puedan implicar al espectador verdaderamente en profundidad, sorprenderlo, asombrarlo, pero también decirle algo humanamente cautivador y significativo. Esta inversión de tiempo, energía e inteligencias en la primera fase creativa es justo a nuestro parecer - sea dicho por inciso - la cuestión central para el cine italiano (también los dibujos animados: pensemos en la debilidad narrativa y de escritura de la pelicula de las Winx, cuya producción ha costado muchos millones), que es muy floja justo en esta primera fase, crucial, que debe soportar después todo el resto.
En este sentido es verdad que las películas de Pixar tienen un director y por lo tanto un responsable principal, pero son verdaderamente un trabajo de todos y se convierten al menos en parte en una obra común. De aquí también la capacidad de innovar los géneros y el tipo de personajes: Ratatouille y Wall-E, Los increíbles y Up hablan de mundos diversísimos y personajes completamente originales; estas películas tienen un estilo visual profundamente original (la lección de Brad Bird ha ilustrado las elecciones y también las modalidades de trabajo que han seguido para alcanzar estos resultados). La idea de fondo ha sido resumida por Stanton de modo muy simple: para nosotros la animación es una técnica, no un género narrativo. No nos hemos puesto límites. Dare to be stupid: no tengas miedo de ser estúpido, no tengas miedo de reconocer los errores y de corregirlos, y cuanto antes encuentres un error, mejor. Quiere decir que estás mejorando, que estás aprendiendo. Lecciones de este tipo habría que esculpirlas en piedra para nuestros creativos (guionistas y directores) amarrados a su primera idea, listos para apuntar sus aguijones de frente a cualquier tímida crítica, y también para nuestros productores, que no invierten en la fase de desarrollo de las historias, que piensan que una película pueda escribirla quien sea, que basta una formulilla para atraer al público en las salas o viceversa que el trabajo de autor del director sea sagrado y por lo tanto no se le pueda pedir reelaborar su guión...
Somos una especie de escuela de cine, pero sin docentes, afirmó Stanton, y no hay luchas de poder entre nosotros… Un milagro, efectivamente, y esperamos que dure. “Pero éste es el País de los cuentos”, es la objeción (dice siempre Stanton) que oigo hacer cuando describo Pixar. “Yes, it is Fairyland”, es su respuesta, puesta también por escrito en una diapositiva que concluía su descripción de la empresa. Y aunque el cuento no tuviera que durar para siempre - pero se lo deseamos - lo que los hombres Pixar han hecho hasta ahora asegura a Lasseter y a los suyos un puesto en primer plano, y no sólo en la historia del cine. Larga vida a esta Fairyland.

publicado originalmente en Studi Cattolici, n. 584, octubre 2009, pp. 702-704
 

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