Questo articolo è disponibile anche in: Inglés Italiano

«Las perspectivas del futuro para la Humanidad son hoy realmente sombrías», escribía Konrad Lorenz en el prólogo de su libro Decadencia de lo humano de 1983. «Es muy posible que las armas nucleares le induzcan a cometer un suicidio fulminante, mas no indoloro, ni mucho menos. (…) Y aun cuando contenga a tiempo su actuación ciega e increíblemente desatinada, la acechará, amenazante, la paulatina desintegración de todos los valores y cualidades que le prestaran su carácter humano». Konrad Lorenz fue el encuentro más importante de mi vida, y siempre siento cierta tristeza al constatar que, a pesar de haber escrito numerosos ensayos y haber recibido el Premio Nobel, en el mundo cultural se le recuerde sólo por sus pintorescos paseos con los gansos. Ya hace cincuenta años Lorenz hablaba de la llegada de las tecnocracias, de la manipulación capilar del pensamiento, de la desaparición de las democracias que, aunque permanecían como vestigios de un tiempo pasado, estaban ya vaciadas de su significado. Mi formación ha sido siempre la de una naturalista, alguien que ve la realidad por lo que es y no por lo que ideológicamente desearía que fuera. Por eso, cuando observo sus transformaciones, lo hago con los mismos criterios de quien es consciente de que el ser humano tiene una larga historia evolutiva a sus espaldas, que determina en parte su naturaleza —una realidad negada por un mundo que tiende a considerar a cada recién nacido como una tabula rasa sobre la que es posible escribir cualquier programa—. «Decir que el hombre es un mamífero del orden de los primates —subraya Lorenz en el mismo volumen— es una afirmación sin duda cierta; pero sostener que no es más que un mamífero perteneciente a dicho orden, sería una falsedad».

Quizás éste sea el punto de partida que urge afrontar en la crisis de nuestra humanidad. Una urgencia dictada por la frenética velocidad del desarrollo técnico, que hace cada vez más difícil hablar de aquello que constituye verdaderamente al ser humano. De esto tratan mis reflexiones, que abarcan más de veinte años y que han sido reunidas en mi último libro, La via del cuore, publicado por Solferino.

Como sucede con los terrenos frágiles que son lentamente erosionados por la lluvia, pienso que el deslizamiento de nuestra naturaleza comenzó hace varios siglos, gracias a un filósofo suizo que había abandonado a todos sus hijos a la asistencia pública y, sin embargo, escribía libros de gran éxito sobre la educación y la innata bondad del hombre. Yo misma, habiendo estudiado magisterio, fui una apasionada lectora del Emilio de J. J. Rousseau. ¿Por qué negarlo? El sueño de una bondad angelical inscrita en nuestros genes es más que entusiasmante, pero suele apagarse después de la adolescencia, con el impacto de la vida real, como un fuego alimentado sólo con hojarasca. Además, creo que fue precisamente Rousseau quien inauguró la figura moderna del intelectual, estableciendo el principio de la no coherencia entre cómo se vive y lo que se escribe.

Pero si el hombre es bueno, como sostiene el pensador suizo, ¿por qué van tan mal las cosas? La respuesta es simple: porque no es él quien está equivocado, sino la sociedad en la que vive; por lo tanto, hay que cambiar el sistema, no al ser humano, que ya es perfecto. Este desplazamiento del centro de gravedad — que ya no es mi corazón y la relación con el misterio que lo habita lo que da sentido a mi vida, sino las condiciones sociales que deben invertirse— generó la necesidad de una manipulación de las masas, preludio de las dictaduras del siglo XX. En 1962, Romano Guardini, el gran filósofo ítalo-alemán, reflexionaba sobre los efectos de la bomba atómica, que había dado al hombre la posibilidad de destruirse a sí mismo: «Pero, además de la bomba atómica, no queremos olvidar esa otra posibilidad de ejercer el poder, es decir, penetrar en el átomo humano, en el individuo, en la personalidad. […] Por eso se ha encontrado una palabra que parece inocente: “lavado de cerebro”. Es posible cambiar en un hombre, contra su voluntad, la forma con la que se ve a sí mismo y al mundo; las medidas con las que se mide el bien y el mal; la condición que tiene, como persona. […] También ésta es una forma de poder humano, más sutil y menos dramática, pero quizá incluso más amenazadora que la de la bomba atómica.»

La irrupción del smartphone y de las redes sociales en nuestras vidas no ha sido muy diferente de esa bomba: puede compararse con los huevos de ciertos parásitos que se introducen en el cuerpo de los mamíferos y permanecen un tiempo en silencio antes de estallar con consecuencias devastadoras. Las personas más atentas siempre han advertido, especialmente en relación con los niños, sobre el uso de estos dispositivos, pero el entusiasmo y la obediencia al dogma de los brillantes y progresivos destinos —es decir, la idea de que el progreso, por sí mismo, sólo trae beneficios y no requiere el arte del discernimiento— acallaron esas voces.

Ahora, ante el desastre que arrolla a las nuevas generaciones —los casos psiquiátricos entre niños y adolescentes han crecido un 500%— ya no es posible posponer una reflexión severa.

Desde hace años vivimos bajo el flagelo del cambio climático y sus consecuencias apocalípticas. El cambio, evidentemente, existe y es importante, al igual que el factor humano; pero vivir con una culpa constante por ser destructores del mundo ha desviado la atención de la verdadera y más grave apocalipsis: la que ocurre en la mente de las personas debido al uso obsesivo de las redes sociales. Los estudios nos dicen que el cerebro sometido a la estimulación continua de la pantalla se reduce, haciendo que las personas pierdan la capacidad de concentrarse en tareas complejas, volviéndolas esclavas de la inmediatez. Los cerebros de los adictos a las redes sociales sufren modificaciones similares a las de la drogadicción, volviendo a los individuos incapaces de gestionar las emociones o de respetar el orden social, anulando su relación con la realidad y transformándolos en sujetos manipulables.

¿Quién gestiona esta manipulación que, en poco tiempo, ha desplazado el eje de lo humano, haciéndonos aceptar realidades que hasta hace poco nos habrían horrorizado? Con un trabajo meticuloso, el sentido común —fundamento de la naturaleza humana— ha sido erosionado, y en su lugar se han difundido esporas de fanatismos cuyo único fin es aumentar la confusión y el desorden. Se nos empuja continuamente a perseguir nuestra felicidad, entendida como la satisfacción de cualquier deseo, por extraño que sea, porque no existe ninguna ley en el mundo, ningún orden fuera de los derechos de nuestro ego.

Mientras tanto, en este parque de atracciones de distracciones cada vez más inútiles y seductoras, se ha desarrollado un alga tóxica que ha invadido todos los ámbitos de nuestra sociedad. Esa alga se llama odio a la vida. La vida ya no es un don, una gracia, una aventura imprevisible, sino un peso angustioso del que liberarse. Estamos encadenados a nuestros días y, como todos los prisioneros, dedicamos nuestras energías a buscar vías de escape, porque la carga de una vida sin sentido es demasiado pesada. «La disposición afectiva característica del hombre moderno —escribía Hannah Arendt— es el resentimiento: un resentimiento dirigido incluso contra aquello que le es dado —su existencia, su naturaleza, su humanidad—, como si le fuera insoportable no haber sido el creador de sí mismo».

¿Qué es el resentimiento? El diccionario lo define como «una actitud de aversión o animosidad por una ofensa o agravio recibido». Esa ofensa es la vida misma. ¿Cómo se puede hablar de un aborto a los ocho meses —como se ha reconocido recientemente como un derecho en Inglaterra—, cuando los niños ya están completamente formados y pueden vivir, sin que nadie se escandalice, sin que nadie se pregunte cómo se llevará a cabo ese horror? ¿La mujer dará a luz a un niño muerto, ya asesinado en su vientre? ¿Y cómo es posible que las mujeres acepten esta terrible violencia sobre sus cuerpos y sobre su vida, disfrazada de libertad?

Cuando cruzo la mirada apagada de los niños pequeños, cuyos padres empujan el cochecito mientras se sumergen en el scrolling de sus teléfonos, leo el final evolutivo de una especie que ha arrancado las raíces profundas de su naturaleza. Todo animal que llega al mundo —en un nido, en una madriguera, en un establo— se asoma a la vida con una mirada que mezcla un leve temor, curiosidad y alegría. Esa alegría —que también pertenece al ser humano— ha sido oscurecida por la ausencia de sentido, por la convicción de haber sido arrojados a un mundo regido por la confusión y la opacidad. No hay nada que construir, ningún rumbo hacia donde ir, ninguna luz que buscar. El aumento de los suicidios y de los actos de autolesión, que comienzan ya en edad infantil, nos habla de una especie que ha perdido el camino y ha emprendido la senda de la autodestrucción.

Personalmente, soy muy feliz de no haber terminado en una bandeja de acero inoxidable, sino de haber podido, gracias a mi madre, venir al mundo y participar en esta extraordinaria aventura que es la vida. La gratitud hacia la propia madre, sea como sea, debería ser el fundamento de toda persona. El actual furor ideológico contra la vida naciente —el ser humano transformado en un cúmulo de células, reducido casi a una masa tumoral— nos habla de la eliminación del espíritu de maternidad, confundiendo la igualdad jurídica y social entre hombre y mujer con la especificidad biológica. Toda forma de vida depende de la armonía entre lo masculino y lo femenino, entre la energía del cielo y la de la tierra. Alterar esta energía sólo puede llevar a catástrofes. Hoy nacemos sólo si superamos las selecciones genéticas y, poco después, se nos entrega un documento con la declaración anticipada de cómo queremos que sea nuestro final. La negación de la muerte —el tabú absoluto de las sociedades avanzadas— cierra el círculo del odio a la vida. Dado que no decidimos nacer, al menos queremos ser dueños de nuestra muerte. Esto, naturalmente, siempre ha sido posible mediante el suicidio, pero ahora asistimos a la burocratización de nuestros días: debe ser el Estado, al que otorgo plenos poderes, quien tenga en sus manos mi destino.

El predominio del espíritu masculino en el mundo —el espíritu de la eficiencia, la competencia y la dominación— ha ridiculizado y silenciado el espíritu de la maternidad. Un espíritu que no está ligado únicamente a dar físicamente la vida ni a pertenecer a un género, sino a la atención, al cuidado, a la virtud de la paciencia y al sentimiento de compasión hacia todo lo que necesita ser ayudado y protegido.

¿Por qué no decirlo? Tenemos una terrible nostalgia del alma, de la necesidad de regresar a esa condición que el gran científico y filósofo ruso Pável Florenski, asesinado de un disparo en un gulag en 1937, definía como «la capacidad de percibir las cosas invisibles».

En la historia de la humanidad, el concepto de Apocalipsis regresa cíclicamente —catástrofes naturales, guerras, epidemias—, y pese a todo, la vida humana siempre ha seguido adelante. Pero ahora estamos realmente ante la última llamada, porque el potencial destructivo es absoluto e inmediato: basta con pulsar un botón para desencadenar el Armagedón final. Sin embargo, la palabra Apocalipsis en griego no significa catástrofe, sino revelación, desvelamiento. La enfermedad de la época moderna es la ablación del corazón. Hemos sustituido el corazón de carne por un corazón de piedra, y la situación límite en la que nos encontramos nos habla precisamente de la necesidad de invertir el rumbo, de recuperar la capacidad de percibir los dos caminos que pertenecen a nuestra naturaleza —el del bien y el del mal—, y de ser conscientes de que nuestra humanidad se realiza plenamente sólo en la capacidad de discernimiento. El bien, aunque siga ritmos misteriosos, engendra más bien; el mal, en cambio, sólo puede producir ciegamente más mal.

«El corazón del hombre es como la Tierra, una mitad iluminada por el sol y la otra en la sombra», escribía en Donde el corazón te lleve. Creo que ha llegado el momento de volver a dialogar con el misterio de la luz que habita en nosotros.

Reproducción por amable concesión de la autora.

Fuente: Corriere della Sera, 25 de octubre de 2025

Previous

De la envidia a la estima mutua: ¿cómo superar una emoción que nos desgasta?

Next

LA FAMILIA EN EL CINE DE LOS AÑOS 40 Y 50

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Check Also