Educar sin regañar denigrando: siete frases que no debemos decirles a los niños
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Hay una diferencia sustancial entre corregir con amor y regañar. En el primer caso, se saca lo mejor de la persona; en el segundo, se la destruye.
La comunicación juega un papel central en la relación con los hijos y, en general, con las mentes pequeñas y frágiles de los niños que se nos han confiado. Esto es aplicable también si somos abuelos, educadores o maestros.
A continuación, me gustaría ofrecer algunos ejemplos de frases que no debemos decirles a los niños, con el fin de favorecer su autoestima sin dejar de hacerles comprender cuando cometen un error.
Regañar, señalar los errores, es parte de la tarea de quienes ayudan a crecer, pero debemos hacerlo sin socavar la seguridad y la autoestima del niño o la niña.
Estas son siete frases a evitar:
1. «Eres malo/a»
En lugar de esta afirmación tajante, que no deja espacio para la mejora y etiqueta a la persona, podemos decir: «Este comportamiento no está bien porque…». De esta manera, evitamos dar una definición rígida e inapelable, en la cual los niños pueden llegar a identificarse.
2. «Siempre haces lo mismo», «Siempre eres igual»
No es constructivo identificar a una persona, en este caso a un niño o niña, con un error cometido o un comportamiento erróneo. «Lo que hiciste (determinar cuándo: hoy, hace poco, ayer, etc.) está mal por esta razón«. Es importante identificar y delimitar la acción incorrecta lo más posible, para no hacer creer a quien nos escucha que no puede cambiar a mejor.
3. «Me has cansado: no te soporto»
El niño no debe pensar que su vida es un estorbo o una molestia. A veces, los pequeños ponen a prueba nuestra paciencia: ¿quién puede negarlo? Sin embargo, debemos tener cuidado de no hacerles sentir que ellos mismos son «un fastidio», ya que son algunos comportamientos, ciertamente corregibles, los que a veces hacen difícil la convivencia. «Cuando te comportas de esta manera, las personas pueden sentirse molestas o sufrir porque…«. Expliquemos nuestros sentimientos en lugar de hacer que los niños se sientan inapropiados e insoportables por su mera presencia.
4. «No le hagas caso, él/ella es así»
Otra actitud que humilla profundamente cuando se es niño es ser menospreciado frente a los amigos, compañeros de escuela o en un grupo. Corregir, aconsejar, ofrecer ideas para una mediación son comportamientos saludables, mientras que el riesgo de no ser considerado ni siquiera digno de corrección puede dejar heridas. «¿Por qué no intentan resolverlo de esta manera?«: Es mucho mejor ofrecer estrategias para resolver problemas que mostrar a nuestro hijo como si él mismo fuera «un problema insoluble».
5. «¿Eres tonto?», «¿Eres estúpido/a?»
Los niños pueden no entender muchas cosas que, para un adulto, se han vuelto obvias con la experiencia. En otros casos, pueden no haber interiorizado aún la información que ya les habíamos dado. Puede surgir la impaciencia, pero para una mente en formación es importante saber que el adulto no juzga negativamente a quien aún tiene mucho por aprender.
Solo si se sienten acogidos, si la ignorancia no se ve como un problema, los niños se sentirán libres para hacer preguntas, interactuar con los adultos y, de esta manera, aprender muchas cosas. Es mejor decir, incluso varias veces: «Mira, se hace así«, o «¿Recuerdas lo que te expliqué la vez pasada?» y luego repetirlo.
6. «Basta, no me hagas más preguntas»
Los niños tienen muchas preguntas en su mente. Hay una etapa de la vida, en la infancia, llamada «la edad de los porqués». Preguntan de todo. No siempre el adulto tiene la energía mental o la serenidad para estar completamente disponible para responder a sus preguntas. Sin embargo, debemos esforzarnos para no hacerles sentir que esa exploración suya es una carga. El niño tiene derecho a conocer, y es bueno que sea curioso. Si tenemos algo muy urgente que hacer, podemos posponer el momento de la respuesta: «Esta noche, cuando vayamos a la cama, te lo explicaré bien«. El niño sentirá que es importante y que, aunque su necesidad de conocer no siempre puede tener prioridad, nos interesa.
7. «Eres igual a tu padre», «Eres igual a tu madre»
Cuando se utilizan de forma despectiva, estas frases pueden ser tan afiladas como cuchillos. Es posible que el niño adopte ciertos comportamientos de uno de sus padres, y cuando los cónyuges están en conflicto, esto también se convierte en motivo de disputa. Sin embargo, el hijo o la hija no tienen nada que ver con los desacuerdos que puedan existir entre los adultos. Mantener a los niños al margen de las peleas y molestias que puedan surgir en la relación de pareja significa protegerlos. Hacer comparaciones con uno de los padres lleva a los hijos a tomar partido, algo para lo que no están preparados.
No es posible no cometer errores al hablar con los niños. Ser siempre impecables, propositivos, capaces de mantener a los hijos alejados de nuestros malos humores y de los problemas que nos alteran no es algo alcanzable. Sin embargo, tener clara la dirección que queremos tomar en nuestra relación con ellos nos permite, cada vez, corregir el rumbo, sabiendo que, de nuestras palabras, bien o mal dichas, depende mucho de su futuro.















