Tarde o temprano, los padres nos enfrentamos a esta pregunta: “Mamá, papá, ¿me compráis un celular? En clase todos tienen uno…”. Lo que a los ojos de un niño o un adolescente puede parecer una petición simple e inofensiva, para un padre representa una chispa que, si no se maneja adecuadamente, puede provocar explosiones en familia.

Una situación como ésta puede resultar complicada para los padres. Por mucho que pensemos que es por su bien, decir ‘no’ a los hijos genera siempre un malestar. Por un lado, por no responder a las expectativas y, por otro, por incitar una posible discusión. No dejarse llevar por el ‘porque todos los hacen’ – evitando así homologarse y ceder a la corriente – requiere mucha energía y determinación. Son decisiones que hay que tomar con cuidado. Hay mucho en juego.

Pero ¿por qué es un tema tan espinoso?

¿Por qué genera tanto rumor el tema del “smartphone”? La cuestión no tiene que ver con el aspecto meramente práctico de si comprar o no un aparato tecnológico, sino que es un asunto mucho más amplio, desde el punto de vista educativo y a veces existencial. Si los smartphones fueran menos smart y realizaran sólo las funciones básicas de un teléfono antiguo, creo que ningún padre -o casi ninguno- se opondría a tal petición.

Sin embargo, es éste precisamente el problema: actualmente los celulares son algo más que un simple teléfono. El mayor riesgo al que nos enfrentamos es el de perder el contacto con la realidad, sumergirnos en el mundo virtual de tal manera, que puede llegar a intoxicarnos. Hoy en día, tener un celular significa aterrizar en el mundo online, e internet por definición explora en todas direcciones, excepto en el presente. Para un niño o adolescente que está creciendo, tomando conciencia de sí mismo y del mundo que le rodea, esto puede ser contraproducente. El smartphone puede llegar a ser un obstáculo para dicha búsqueda, canalizando sus energías hacia una dimensión que poco tiene que ver con la realidad y que a veces puede ofrecer una imagen desfigurada y alterada de las cosas. Planteando estos riesgos no pretendo asustar ni desanimar, sino sólo poner en claro a qué nos enfrentamos para poder actuar de la mejor manera posible.

¿Cómo saber si es el momento adecuado?

Como en todo, no hay un momento adecuado tout court. Cada padre conoce a su hijo y actúa según lo que considera más prudente. Una madre me dijo una vez que compraría un celular a su hija cuando dejara de pedirlo. Esta perspectiva es interesante. Nos ofrece otro aspecto de la cuestión: muchas veces los niños y jóvenes se obsesionan por comprar lo más nuevo en tecnología o esos zapatos de moda. Casi parecen incapaces de prescindir de ellos. De esta manera, se pone en juego también su capacidad de gestionar la novedad. En estos casos, es esencial establecer reglas, educarles en el uso de la tecnología y evitar así ser absorbidos por ella. Una manera de tener un enfoque más tranquilo y equilibrado es calmar las aguas y aplacar el entusiasmo, y permitir así a los niños sentirse atraídos por la nueva tecnología, pero no abrumados por ella.

Pero lo más importante es dialogar. El diálogo es siempre el mejor instrumento para conocer a nuestros hijos, su mundo y su relación con las cosas. Sólo si establecemos una relación verdadera con ellos seremos capaces de aconsejarles y educarles.

Estos son algunos consejos para no dejar a los hijos en la estacada. No obstante, no podemos olvidarnos de una cosa: los niños observan lo que hacen sus padres y educadores. Por tanto, los primeros que debemos discernir sobre el uso del teléfono somos nosotros. Sólo si somos conscientes de este uso, podremos enseñar algo a nuestros hijos. Y recordemos que la forma en que utilizamos estas herramientas dice mucho más de nosotros de lo que pensamos.

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