Si pudiera hablar… Carta de una recién nacida a su madre

Si pudiera hablar… Carta de una recién nacida a su madre

Querida mamá,

Si pudiera hablar, te diría muchas cosas.

En primer lugar, te diría: gracias.

Gracias porque me has acogido.

Ha sido maravilloso vivir estos meses en tu seno caliente, envolvente, tranquilizador.

Sí, gracias por haberme hecho crecer dentro de ti: ha sido tan hermoso que, cuando llegué al mundo, me sentí desconcertada.

Tuve miedo de no volver a oír el latido de tu corazón. ¡Qué perdida me sentí!

Me consolé solo cuando, ¡por fin!, me estrechaste entre tus brazos.

Al nacer, los médicos y enfermeras me cuidaron: me sonreían y me hablaban para calmar mi llanto, pero yo miraba a mi alrededor, buscándote a ti.

Aunque nunca te había visto, sabía que sería capaz de reconocer tu perfume entre todos los perfumes del mundo.

¿Y sabes? Fue así.

En cuanto los médicos me pusieron entre tus brazos, me sentí en casa.

Ese momento fue maravilloso, porque -finalmente- conocí tu rostro, que pude solo imaginar durante estos meses.

La primera vez que te vi me transmitiste una gran serenidad, a pesar de que estabas marcada por el trance que habías pasado horas antes.

Nunca olvidaré cómo me miraste.

Mejor dicho, no me acordaré, pero la ternura de aquellos instantes permanecerá siempre grabada en mí, como un tesoro escondido, que no se ve, pero que enriquece igualmente.

Nunca recordaré seguramente cuanto haces ahora por mí, pero cada gesto de amor que tienes conmigo me ayudará a crecer.

Es como el agua que desaparece en la tierra, pero alimenta las plantas desde las raíces y las hace crecer lozanas.

En cuanto te vi tras el parto, comprendí que podría confiar en ti siempre.

La vida que me esperaba estaba fuera, pero nunca me abandonarás durante mi viaje en este mundo.

Han pasado algunas semanas desde mi nacimiento y sigues confirmándome que te vas a ocupar de mí en serio.

Gracias por todo lo que estás haciendo.

Gracias por tus caricias, que me dan valor y confianza, gracias por tu leche que me alimenta, gracias por haber renunciado a tu tiempo, a tus amigos, a tus telefilms preferidos. Al horario.

Gracias porque corres siempre a mi lado cuando necesito algo, y gracias porque, a pesar de que, a menudo, te sientes exhausta, nunca estás demasiado cansada para sonreírme.

De acuerdo, quizá a veces sí estás agotada, porque te complico mucho la vida.

Pero, créeme, no lo hago a posta.

Si lloro tantas horas cada día y por cualquier motivo es porque no tengo otra forma de expresarme.

Si prefiero dormir junto a ti en vez de en la cuna, es porque contigo me siento protegida.

¿Quién puede hacerme daño, si tú estás a mi lado?

Perdóname si no puedo vivir sin tus manos: me recuerdan que tendré siempre un puerto seguro donde refugiarme.

Perdóname si te despierto de noche, porque tengo hambre, porque me siento mal o simplemente porque ya no tengo sueño y quiero pasar contigo cada momento. Perdóname porque no sé cambiarme y vestirme yo sola.

Perdóname por darte tanto trabajo.

Sé que a veces piensas que no puedes más. Y quizás querrías dormir, comer o simplemente dar un paseo sin miedo a que me ponga a llorar en cualquier momento.

Sé que tu vida es dura desde que estoy aquí.

Sin embargo, cada día intentas que no lo note.

Haces todo disimulando el cansancio.

Haces todo sin que pueda notar cuánto te cuesta.

Siempre me pones a mí antes que a ti.

Y quizás ahora no lo sabes: pero todos tus sacrificios serán retribuidos.

Porque el amor nunca se pierde, y sólo quien siembra en el dolor cosechará con alegría.

Estaba contigo, aquel día, en tu seno, mientras leías un pasaje de un libro que te gusta mucho: “El que ama su vida la perderá, y el que aborrece su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna”.

Y le dijiste a papá: "¿No es esto ser padres?"

Sí, mamá, es precisamente eso.

Tú pierdes tu vida por mí, pero nada de lo que estás sembrando ahora se perderá.

Estoy ansiosa de demostrarte con mi vida cuánto fruto pueden dar los sacrificios de una madre que ama sin condiciones.

Con cariño,

Tu hijita