El crepúsculo de la paternidad/maternidad

El crepúsculo de la paternidad/maternidad

Para referirse al trabajo de reflexión que la filosofía desarrolla acerca de la realidad, Hegel solía usar la conocida metáfora de la lechuza de Minerva, que vuela solo durante el crepúsculo.

Quizá la afirmación del gran pensador idealista puede aplicarse también a una realidad como la paternidad/maternidad: parecería, de hecho, que solo cuando estas relaciones entran en crisis podemos comprender mejor su sentido y valor.

Pero para reflexionar sobre estas relaciones no hay una única forma, la del análisis conceptual. Es posible usar otras, como la novela, el drama y, por qué no, la narración cinematográfica. De hecho, la imagen permite afrontar las relaciones interpersonales con una inmediatez, expresividad, y al mismo tiempo profundidad, que sirven a veces para hacernos entender los entramados, las dinámicas y las tensiones relacionales mejor de cuanto podría hacerlo un buen ensayo. Creo que eso es lo que ocurre en dos películas relativamente recientes:El hijo del otroy y De tal padre, tal hijo.

Aparentemente estas dos películas tienen un argumento tan similar, que la tentación de pensar que basta ver solo una para conocer la otra es más que plausible. De hecho, las dos películas comienzan con una misma situación dramática: el intercambio de recién nacidos y su crianza por parte de unos padres que no son los verdaderos. El descubrimiento del error lleva consigo la ruptura de las relaciones familiares.

Sin embargo, aparte del núcleo temático común, las películas presentan grandes diferencias tanto de perspectiva como de contexto. El hijo del otro, según explica su directora Lorraine Lévy, judía francesa, no tiene como fin inmediato el análisis de las relaciones familiares, sino más bien las relaciones entre dos pueblos: israelí y palestino, vecinos pero históricamente enemigos. La directora se acerca a esta historia de odios ancestrales con humildad, sin querer dar ninguna lección, contando una historia de todos los días donde se destacan pasiones, tensiones y también algún rayo de esperanza. De tal padre, tal hijo, ambientada en el Japón actual, habla de la crisis de la paternidad, en el intento de encontrar una salida.

En la película El hijo del otro, los hijos son en realidad dos: Joseph, el israelí que es de origen palestino y Yacine, el palestino que, al contrario, es de origen israelí. La revelación de su identidad sucede cuando, durante una visita médica previa al servicio militar en el ejército israelí, se descubre que Joseph no es el hijo biológico de sus supuestos padres, ya que, al nacer hace dieciocho años, fue intercambiado por error con Yacine, palestino de los territorios ocupados de Cisjordania. La noticia provoca un terremoto en las dos familias, obligando a cada uno de sus miembros a interrogarse sobre las respectivas identidades, prejuicios, convicciones religiosas y políticas, así como el sentido que debe darse a sus relaciones. Quizá, aunque no directamente buscado por la directora, el tema central de la película es precisamente este: el rol de la identidad en las relaciones y viceversa.

La identidad de dos adolescentes, víctimas del intercambio dramático, se ve afectada de los pies a la cabeza. Joseph, hijo de un oficial del ejército israelí que, si bien muy distinto del padre (se droga y le gustaría ser músico), quiere seguir las huellas paternas y por eso se presenta como voluntario al servicio militar. Yacine, sin embargo, representa al hijo perfecto: no solo es inteligente y amado por toda la familia, que no ha escatimado en sacrificios para enviarle a estudiar a París, sino que es también generoso, ya que le gustaría estudiar medicina para ayudar a su pueblo con esa profesión. El descubrimiento de sus verdaderas identidades parece destruir los sueños y los lazos de los dos adolescentes. Lo padres, a pesar del amor que hasta ahora han sentido por ellos, no quieren aceptarles como hijos, ya que no solo no llevan su sangre, sino que tampoco son de su raza. Quizá el mayor rechazo se da en el caso de Yacine: el que, hasta entonces, era padre comienza a verlo como el hijo del enemigo israelí. El padre de Joseph, a pesar de las luchas internas y las dudas, parece tener un odio menor por el hijo del enemigo. Aún así, ambos parecen anteponer la sangre, la raza y la historia de sus pueblos al afecto a sus hijos. La voz de la raza y del odio al enemigo es aún más grande en el hermano de Yacine, quien pasa de idolatrar a su joven hermano a la intolerancia más completa, hasta llegar a interrumpir la comunicación con él.

A diferencia de los padres, las madres representan el triunfo del afecto, de los lazos construidos con los supuestos hijos durante todos esos años de amor. Ellas son las primeras en aceptar que el intercambio es una realidad, a abrir su vientre materno hacia el verdadero hijo, pero también hacia el hijo de la otra, no obstante el dolor que sienten por haber sido separadas tanto tiempo de sus verdaderos hijos. Frente al silencio de los padres y su incapacidad para superar prejuicios (como se ve en las escenas en las que se sientan uno frente al otro delante de un bar, nerviosos y en silencio, o en acaloradas discusiones sobre cuestiones históricas y políticas), las mujeres establecen una verdadera amistad mediante la unión que se ha creado entre ellas, ya que cada una sabe que es la madre del hijo de la otra. Por eso, superada la primera fase de dolor, intentan acercar a sus respectivos maridos a sus hijos. A la reconciliación contribuye también la amistad entre Joseph y Yacine. Mientras los padres pelean, Joseph y Yacine, refugiados en el jardín, intentan entender cuál es su identidad y cuál será su destino. Sus encuentros se harán cada vez más frecuentes, hasta que decidan entrar el uno en la familia del otro, para conocer la vida que cada uno podría haber vivido, para volver después a la que le tocó vivir.

Los últimos residuos de intolerancia, los representados por el hermano mayor, caen cuando el oficial israelí, el padre de Joseph, logra un pase para Tel-Aviv para que la familia de Yacine puede hacer la compra y trabajar en esa ciudad. De esta forma, los lazos entre las familias se refuerzan. El cambio completo tiene lugar durante una pelea en la playa con unos borrachos. Joseph es apuñalado y llevado al hospital por Yacine y el hermano mayor. Allí, en torno al lecho de Joseph, los tres se descubren verdaderamente hermanos.

La moraleja final es que la fraternidad entre estos dos pueblos es posible, siempre que se logren construir las identidades personales no sobre lo que les divide: la raza, la historia de los abusos, sino sobre lo que puede unirles, el conocimientos personal y los lazos de amistad. Como aparece de forma simbólica, ninguna barrera ni siglos de odio podrán nunca separar el amor de una madre por su hijo, ya sea el que ella ha generado, o el que ha crecido.

El contexto de De tal Padre, tal hijo no es racial ni político, sino puramente familiar. La primera familia que aparece en escena es la de Ryota, arquitecto de éxito que encarna las virtudes japonesas: laboriosidad, orden y autocontrol. Un día, a él y a su mujer Midori les llama el director del hospital donde hace seis años nació su hijo, Keita, para comunicarles que han sido víctimas de un intercambio de bebés. El pequeño Keita es en realidad hijo biológico de otra pareja, que está cuidando a su verdadero hijo junto a dos hermanos, en condiciones económicas desastrosas y con un estilo de paternidad muy diferente: Yudai es un padre desastrado, que vive de pequeñas reparaciones eléctricas, pero que al menos sabe ser amigo de sus hijos.

El contraste entre los dos padres no puede ser mayor, como también la forma en que reaccionan ante la dramática noticia. Ryota siente que se desmorona su mundo: su carrera estelar como arquitecto se frena, pero sobre todo se ven afectadas sus relaciones con la mujer y con Keita. Poco a poco el espectador comienza a darse cuenta de que detrás de la fachada de marido y padre perfecto hay muchas grietas. Su relación con Midori está envenenada por la falta de genio del hijo. ¿Cómo es posible que un padre tan inteligente como él, tenga un hijo con capacidades tan mediocres? Aunque si nunca lo ha confesado (quizá ni siquiera a sí mismo) reprocha a su mujer haberle dado ese hijo. Por eso, apenas descubre que Keita no es hijo suyo, lo dice: “¡ahora se entiende todo!” Midori, que ama y amará siempre a Keita como su hijo, se llena de dolor y rabia por la dureza de Ryota. Pero quizá sea más acertado decir que lo que expresa esa frase de Ryota, además de su egoísmo, es una de las enfermedades más graves del individualismo contemporáneo: el narcisismo. Ryota quisiera que su hijo fuera a su imagen y semejanza, porque él se considera perfecto. La raíz del individualismo de Ryota es la falta de paternidad, cuyas raíces –parece decirnos el director Kore-eda Hirokazu– se encuentran a su vez en las relaciones de él con su padre, también él más preocupado por la sangre que por los lazos afectivos. De hecho, cuando Ryota va a verle y le pregunta su opinión, la respuesta del padre es de esperar: debe prevalecer la sangre y deshacerse del pequeño Keita. “Los hijos son de quienes los cuidan”, afirma sin embargo la madre de Ryota, que no se sabe bien si ella misma es la que le engendró o le crió.

Ryota se encuentra frente a una decisión terrible: elegir al hijo natural, hacia el cual le conduce la ley de la sangre, o al niño que ha cuidado y amado a su forma durante seis años. Después de un esfuerzo interior prolongado decide seguir el consejo de su padre y cambia a Keita con su hijo biológico, con la secreta esperanza de que se parezca más a él. La relación de paternidad, parece indicar el director, no depende del querer del padre, sino del hijo. Por este motivo, a pesar de que trata ganarse el afecto del hijo genético, Ryota no lo consigue: el niño huye de sus padres naturales, para volver con aquellos que él ama. Ryota llega así a sentirse incapaz de ser padre. Para ayudarle a volver sobre sus pasos y corregir los errores, hay dos eventos: el diálogo entre él y Yudai, el otro padre, en el que descubre el secreto de la paternidad: “nadie mejor que tú puede hacer de padre de tu hijo”. Ryota comienza a entender que ser padre no es programar y tener éxito con su hijo como lo ha tenido con la profesión, sino amarlo como hijo. El segundo evento, que transforma no solo la mente sino sobre todo el corazón de Ryota, son las fotografías que el pequeño Keita sacó de él y de su mujer sin que se dieran cuenta. A través de estas imágenes, Ryota siente la mirada amorosa de su hijo hacia él, lo que hará de él un padre, y la conciencia de su paternidad le hará luchar para reconquistar el amor herido de Keita.

Quizá el único inconveniente de esta película es la impresión de que la paternidad se refiera solo a la filiación, ya que las madres permanecen en la sombra. De hecho, a diferencia de lo que sucede en El hijo del otro, Midory no juega casi ningún papel en el descubrimiento de la paternidad de Ryota. Quizá esto se debae a una visión de la maternidad demasiado estereotipada: pasividad, maternidad como mera generación de una vez para todas, sumisión al marido… Desde este punto de vista, las figuras maternas de la otra película son más reales y, por eso, pueden influir en la aceptación de la paternidad por parte de sus maridos. En esta perspectiva, es decir, en la perspectiva de la crisis de la paternidad, ambas películas reflexionan, de forma distinta, sobre una misma realidad: el hijo no es un derecho ni siquiera un modo de perpetuar la propia estirpe o de satisfacer los propios deseos, es un don y, por eso, solo cuando se le ama como es, se convierten en padre y madre.